Luna y encina

Luna y encina
alimaesol@gmail.com

miércoles, 1 de julio de 2015

Uno de vampiros

Lo primero que hice después de mi transformación en vampira o vampiresa o como demonios se diga, fue salir volando -literalmente- en busca de mi ex, con la firme intención de estrujarle las venas hasta dejarlo seco.
Entré por la ventana en su habitación - que estaba, como siempre, hecha una guarrada, incluso para los eståndares vampíricos- y lo encontré, según su inveterada costumbre, con la cara pegada a la pantalla del ordenador, mirando estupideces en Facebook.
Cuando me vió se puso pálido de miedo, y no es que se lo pueda culpar por ello, ya que, después de todo, había estado en mi entierro el día anterior. No le dio tiempo a gritar. Le dediqué una amplia sonrisa, que descubrió en toda su longitud mis recien estrenados colmillos, le susurré un cariñoso " hola, amorcito", me amorré de un salto a su cuello y empecé a bebérmelo a tragos largos.
¿Queréis creer que se empalmó, el muy cabrito? Puso los ojos en blanco y se le puso tiesa, gorda y larga, como no se la había visto en los tres años de nuestra escasìsimamente satisfactoria relación. Le estaba gustando la chupada, al pedazo de mamón. Me dio tanta rabia que desclavé los dientes, lo tiré al suelo de un empujón, le di una patada en las recién abultadas partes nobles - ni se inmutó: estaba totalmente hipnotizado- y me senté a reflexionar sobre el siguiente paso.
En seguida me di cuenta de que no debía bebérmelo entero. No debia porque, en primer lugar, su sangre era tan insípida como todo el resto de su persona, y me estaba sentando fatal; en segundo término, porque me negaba a darle ni una brizna más de placer, y en tercero, y mucho mås importante, porque no podía arriesgarme a que se me muriera en medio de la mordida, se me convirtiera en vampiro -mira que le hubiera encantado- y tuviera que aguantarlo en lo sucesivo, en un ambiente tan minoritario y cerrado como el de los no-muertos, por todas las noches de la eternidad.
Tenía que haber una manera mejor de joderle la vida, y por Dios que yo la encontraría. Así que miré alrededor y, de pronto, la vi. Vi, tirada en un rincón, una lata de refresco vacía de la que asomaba una pajita. ¿Y si...? Quedaba lejos de la ortodoxia vampírica, pero ¿a quién le importaba la tal ortodoxia? No, desde luego, a mí, una vampira posmoderna del agitado siglo XXI. Así que pensado y hecho. Me arrodillé al lado del bello durmiente, le busqué la parte de la coronilla en la que ya le clareaba el pelo y, con mucho cuidado, ayudándome con un colmillo, le hice una pequeña perforación en el cráneo. Lo justo para insertar la pajita.
Lo demás fue coser y chupar. Sabía a diablos, la gelatina de cerebro mezclado con sangre, pero bastó con un par de traguitos. No quería matarlo. Ni siquiera inutilizarlo. Sólo dejarlo atontado.  Mejor dicho, algo más atontado de lo que ya era de manera natural.
Terminada la faena, lo arrojé en la cama, me piré otra vez por la ventana y pasé el resto de la noche chupeteando, muy divertida, a todos los viejos conocidos con los que tenía cuentas pendientes. Finalmente, ya con el cielo claro, me volví a mi ataud, cómodo y calentito, a dormir un rato y a esperar noticias de mi estropeado ex amor.
Fue un día largo. Tan largo que me prometí que era la última vez que pasaba las horas de sol sin un móvil o una tablet o algún cacharro similar que me permitiera conectarme con el mundo. Pero, como todo llega, por fin llegó la puesta de sol, y pude bajarme del nicho de un salto, no sin antes cerciorarme de que no hubiera nadie por los alrededores que se escandalizase de mi escapada de las supuestas garras de la Parca, para ir a investigar sobre lo que le podría haber ocurrido al cretino de mi ex novio.
Nada. No le había ocurrido nada. Al parecer, era tan estúpido por méritos propios, y le daba tan poco uso a su cerebro, que nadie, ni sus amigos, ni su jefe, ni su familia, ni la desgraciada por la que me había sustituido, ni, por supuesto, él mismo, habían podido notar ni la más pequeña diferencia.
Como podéis suponer, al principio me llevé un soberano disgusto. Tanto trabajo para vengarme del muy hijo de puta, para no conseguir modificar en absoluto lo que la Naturaleza había realizado con tanta y tan insuperable perfección.
Así que me fui a pagar el cabreo con un nutrido grupo de turistas japoneses, varios empresarios que salían de un afterwork y unos cuantos millonarios anclados en el puerto.
Una mierda, todo. Pero reflexioné.
Reflexioné y decidí que era una mujer afortunada. Difunta, pero afortunada. Una mujer libre, sin trabas, con todo el tiempo del mundo para dedicarlo a lo que se me antojara, e infinitas experiencias únicas que disfrutar. Una muerta verdaderamente privilegiada. No valía la pena alborotarse por un efímero idiota al que sólo le quedaban, en el mejor de los casos, unas cuantas décadas antes de morirse en serio y para siempre, y un número limitado de personas a las que joder en su tiempo tasado.
Así que, cuando llegó el amanecer y me fui paseando hacia mi pisito en el tranquilo ceementerio (armada, eso sí, con un espléndido móvil de última generación sustraído a una de mis víctimas), iba ya haciendo planes para el futuro inmediato. Digamos los dos siglos siguientes. Planes que incluían lecturas, viajes, aprendizaje, sexo y diversión, y ni un solo minuto para un estúpido cabrón descerebrado.
Me tendí en mi confortable ataúd y me dormí con la confiada satisfacción de un bebé bien alimentado.
Me estaba gustando, eso de la vida de ultratumba.
Y tenía toda la muerte por delante, para disfrutarla.

(A.S.: Los cuentos de la Sombra)

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