Luna y encina

Luna y encina
alimaesol@gmail.com

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Desconsuelo

El chico ha muerto,
hermoso, lleno de vida
como era.
Bajo un cielo lavanda,
camino, rumbo a casa,
sin pensamientos.

(A veces, una lágrima).

miércoles, 22 de julio de 2015

Palabras viajeras

Pueden viajar contigo, las palabras.
Ir a donde tú vayas.
Crecer con el camino.
Seguirte a la profundidad

lunes, 13 de julio de 2015

Acerca del cuidado

Hoy he encontrado en la calle un esqueje de geranio desechado.
Estaba tan vivo, era tan... evidente, que lo he traído a casa y lo he plantado.
Zoe. Vida. Una palabra que me apareció ayer en sueños.
Y he recordado la conversación que tuve hace años con un viejo campesino.
Cuando le comenté que mis plantas parecían ir mejor si les dedicaba tiempo y atención, si, sencillamente, las contemplaba, se rió y me dijo: "Claro. Mi abuelo me enseñó que las plantas se alimentan del humo del cigarro del labrador."

martes, 7 de julio de 2015

De soledad y cucarachas

Fueron las cucarachas las que la hicieron consciente de que estaba sola. De que no había, ni en su casa ni en su vida, un hombre que acudiera al rescate y las matara por ella cuando se dejaban ver por la cocina, en la humedad caliente del verano.
Como tantas otras mujeres, odiaba hasta el límite de la fobia a esos insectos grandes, de caparazones traslúcidos de un negro rojizo, que corrían a ocultarse en rincones ignorados cuando se encendía la luz. Las odiaba tanto que llegaba a tener miedo, durante los meses de calor, de entrar en la cocina por las noches.
Hasta ese momento, sin embargo, siempre había habido quien, de mejor o peor grado, acudiera a sus gritos de socorro y se encerrara a solas con el bicho, mientras ella aguardaba fuera, temerosa y asqueada, preguntándose cómo iba a hacer al día siguiente para limpiar, guisar y, lo que era peor, comer, sin estar segura de por dónde había pasado el animal. Y estaba dispuesta a tolerar las ínfulas de superioridad masculina y a permitir al macho cazador utilizar el asunto como pretexto para pequeñas venganzas, aguantando burlas, malos humores, protestas y acusaciones de debilidad e histeria, con tal de ahorrarse el trance de la confrontación.
Pero ahora no había un hombre a su costado. Ella lo había decidido así, después de mucho, muchísimo dolor, y dudas, y batallas terribles contra temores más profundos y oscuros que los que le provocaban las cucarachas.
Y allí estaba aquella madrugada tórrida de julio, sola en la casa, afrontando el hecho de que tenía que elegir entre matar sin ayuda al monstruo descubierto corriendo por un costado de la nevera al acercarse a tomar un poco de agua fresca, o dejarlo huir, y esconderse y multiplicarse en alguna atestada guarida cuyo solo pensamiento bastaba para provocarle náuseas.
Y decidió matar a la cucaracha. No podía permitirse salir a buscar el insecticida, corriendo el riesgo de que el bicho desapareciera en el intervalo, y no podía soportar la idea de tirarla al suelo de un manotazo y tratar de pisarla luego. Así que trasteó con las manos a la espalda, sin dejar de mirar al insecto que permanecía quieto en un rincón en sombras de la superficie blanca, hasta encontrar el mango de la escoba que solía guardar detrás de la puerta.
Nunca supo cómo consiguió derribarla, y perseguirla a golpes perdiéndola y encontrándola, creyéndola muerta para volver a verla correr, hasta que terminó con ella, exhausta y temblorosa, y soltó la escoba para vomitar violentamente en el fregadero.
Sola, en la cocina silenciosa, frente a la cucaracha muerta.
Para hacer, por sí misma, todo lo que hubiera que hacer.

(A.S.: Los cuentos de la Sombra)

viernes, 3 de julio de 2015

Un solo sueño

Había conocido el amor en un sueño tan pleno, tan vívido y perfecto, que se llevó consigo, por comparación, todo el color del resto de su vida.
El sueño de una noche sola, honda y eterna, del que emergió sabiendo con certeza, como se saben estas cosas, que todo lo importante, lo hermoso y lo profundo que le correspondiera en suerte había empezado y acababado de consumarse en esas horas, o semanas, o años comprimidos entre la medianoche y el alba de ese día.
Siguió viviendo, y nunca, ni una sola vez, trató de revivir, en sueños ni despierta, la textura de aquéllo que conoció, que conoció con cuerpo, corazón, alma y entrañas, en un único trago poderoso.

(A.S. Los cuentos de la sombra)

miércoles, 1 de julio de 2015

Uno de vampiros

Lo primero que hice después de mi transformación en vampira o vampiresa o como demonios se diga, fue salir volando -literalmente- en busca de mi ex, con la firme intención de estrujarle las venas hasta dejarlo seco.
Entré por la ventana en su habitación - que estaba, como siempre, hecha una guarrada, incluso para los eståndares vampíricos- y lo encontré, según su inveterada costumbre, con la cara pegada a la pantalla del ordenador, mirando estupideces en Facebook.
Cuando me vió se puso pálido de miedo, y no es que se lo pueda culpar por ello, ya que, después de todo, había estado en mi entierro el día anterior. No le dio tiempo a gritar. Le dediqué una amplia sonrisa, que descubrió en toda su longitud mis recien estrenados colmillos, le susurré un cariñoso " hola, amorcito", me amorré de un salto a su cuello y empecé a bebérmelo a tragos largos.
¿Queréis creer que se empalmó, el muy cabrito? Puso los ojos en blanco y se le puso tiesa, gorda y larga, como no se la había visto en los tres años de nuestra escasìsimamente satisfactoria relación. Le estaba gustando la chupada, al pedazo de mamón. Me dio tanta rabia que desclavé los dientes, lo tiré al suelo de un empujón, le di una patada en las recién abultadas partes nobles - ni se inmutó: estaba totalmente hipnotizado- y me senté a reflexionar sobre el siguiente paso.
En seguida me di cuenta de que no debía bebérmelo entero. No debia porque, en primer lugar, su sangre era tan insípida como todo el resto de su persona, y me estaba sentando fatal; en segundo término, porque me negaba a darle ni una brizna más de placer, y en tercero, y mucho mås importante, porque no podía arriesgarme a que se me muriera en medio de la mordida, se me convirtiera en vampiro -mira que le hubiera encantado- y tuviera que aguantarlo en lo sucesivo, en un ambiente tan minoritario y cerrado como el de los no-muertos, por todas las noches de la eternidad.
Tenía que haber una manera mejor de joderle la vida, y por Dios que yo la encontraría. Así que miré alrededor y, de pronto, la vi. Vi, tirada en un rincón, una lata de refresco vacía de la que asomaba una pajita. ¿Y si...? Quedaba lejos de la ortodoxia vampírica, pero ¿a quién le importaba la tal ortodoxia? No, desde luego, a mí, una vampira posmoderna del agitado siglo XXI. Así que pensado y hecho. Me arrodillé al lado del bello durmiente, le busqué la parte de la coronilla en la que ya le clareaba el pelo y, con mucho cuidado, ayudándome con un colmillo, le hice una pequeña perforación en el cráneo. Lo justo para insertar la pajita.
Lo demás fue coser y chupar. Sabía a diablos, la gelatina de cerebro mezclado con sangre, pero bastó con un par de traguitos. No quería matarlo. Ni siquiera inutilizarlo. Sólo dejarlo atontado.  Mejor dicho, algo más atontado de lo que ya era de manera natural.
Terminada la faena, lo arrojé en la cama, me piré otra vez por la ventana y pasé el resto de la noche chupeteando, muy divertida, a todos los viejos conocidos con los que tenía cuentas pendientes. Finalmente, ya con el cielo claro, me volví a mi ataud, cómodo y calentito, a dormir un rato y a esperar noticias de mi estropeado ex amor.
Fue un día largo. Tan largo que me prometí que era la última vez que pasaba las horas de sol sin un móvil o una tablet o algún cacharro similar que me permitiera conectarme con el mundo. Pero, como todo llega, por fin llegó la puesta de sol, y pude bajarme del nicho de un salto, no sin antes cerciorarme de que no hubiera nadie por los alrededores que se escandalizase de mi escapada de las supuestas garras de la Parca, para ir a investigar sobre lo que le podría haber ocurrido al cretino de mi ex novio.
Nada. No le había ocurrido nada. Al parecer, era tan estúpido por méritos propios, y le daba tan poco uso a su cerebro, que nadie, ni sus amigos, ni su jefe, ni su familia, ni la desgraciada por la que me había sustituido, ni, por supuesto, él mismo, habían podido notar ni la más pequeña diferencia.
Como podéis suponer, al principio me llevé un soberano disgusto. Tanto trabajo para vengarme del muy hijo de puta, para no conseguir modificar en absoluto lo que la Naturaleza había realizado con tanta y tan insuperable perfección.
Así que me fui a pagar el cabreo con un nutrido grupo de turistas japoneses, varios empresarios que salían de un afterwork y unos cuantos millonarios anclados en el puerto.
Una mierda, todo. Pero reflexioné.
Reflexioné y decidí que era una mujer afortunada. Difunta, pero afortunada. Una mujer libre, sin trabas, con todo el tiempo del mundo para dedicarlo a lo que se me antojara, e infinitas experiencias únicas que disfrutar. Una muerta verdaderamente privilegiada. No valía la pena alborotarse por un efímero idiota al que sólo le quedaban, en el mejor de los casos, unas cuantas décadas antes de morirse en serio y para siempre, y un número limitado de personas a las que joder en su tiempo tasado.
Así que, cuando llegó el amanecer y me fui paseando hacia mi pisito en el tranquilo ceementerio (armada, eso sí, con un espléndido móvil de última generación sustraído a una de mis víctimas), iba ya haciendo planes para el futuro inmediato. Digamos los dos siglos siguientes. Planes que incluían lecturas, viajes, aprendizaje, sexo y diversión, y ni un solo minuto para un estúpido cabrón descerebrado.
Me tendí en mi confortable ataúd y me dormí con la confiada satisfacción de un bebé bien alimentado.
Me estaba gustando, eso de la vida de ultratumba.
Y tenía toda la muerte por delante, para disfrutarla.

(A.S.: Los cuentos de la Sombra)

Vender el alma en tiempos de crisis

Para mí, sentirme un mierda no era ninguna novedad, pero lo de aquella noche era demasiado incluso para un tipo como yo. Demasiado bajo. Demasiado cutre. Demasiado jodidamente gris, vulgar y miserable. Demasiado...desesperanzador. Y no es que hubiera puesto muchas esperanzas en el anuncio, pero tengo que confesar que cuando lo vi, escondido en las páginas interiores de uno de esos periódicos que se reparten gratis en el metro, se me encendió, no sé por qué, una lucecita allá por los adentros, y supe que lo intentaría.
"Pactos con el diablo. Para los que no tienen nada que perder", decía el puñetero anuncio, y a continuación, unas cuantas frases en un idioma ciertamente endiablado, y unas breves instrucciones: Había qie leer aquel galimatías tres veces seguidas, a la luz de una vela y justo después de la media noche de un viernes.
Lo hice. Por Dios que lo hice, sintiéndome ridículo y seguro de que no iba a pasar nada. Pero es que si había en toda les ciudad un tío que no tuviera nada que perder, ese era yo. Yo. El puto amo de los perdedores certificados cum laude. Pobre. Feo. Sin novia. Sin curro. Sin futuro. Sin ganas de hacer nada que no fuera tumbarme en la cama a fumar y pasearme por el facebook, mientras me duraran los datos del møvil. Yo. El señor absoluto de los nadies and co. El rey de los imbéciles de todos los extrarradios de este mundo. Yo, Roberto Fernández, para lo que gusten mandar.
Asì que guardé el mugriento papel, y el primer viernes que me vino a mano, a las cero horas, me encerré en mi cuarto de piso compartido, encendí una vela del chino y, sintiéndome varios grados más capullo de lo normal, leí tres veces lo que allí ponía y esperé a ver que pasaba.
Y pasó. No sé cómo, pero pasó. Pasó que apareció, como atravesando la puerta cerrada con pestillo -no iba a dejar yo que un colega entrara de pronto y me pillara en plena misa negra- el fulano más corriente que se pueda uno echar a la cara. Parecía, Dios me perdone, un cruce de Montoro sin chulería, con una versión sin gracia de José Mota. Y dijo ser el diablo. Bueno, no exageremos. El Diablo con mayúsculas no iba a moverse de su sulfúrea poltrona para venir a sellar un pacto de tercera regional como el mío. Un diablo. Un pobre diablo de a pie. Un diablejo de tres al cuarto, adecuado para una situación de tres al cuarto y medio pelo como la corriente.
A pesar de lo poco impresionante del personaje, me impresioné. A fin de cuentas, había venido de la nada, el gachó, atravesando paredes como si estuviéramos en un video de Cuarto Milenio, de esos con música de meter miedo.
Pero, con cague y todo, y bien cagado que estaba, el hijo de mi madre aprendió de pequeñito, en los futbolines del peor barrio del hemisferio Norte, que poner jeta de matón es más rentable, en términos de hostias, que dejar que asome la cara de susto, así que me puse derecho, encendí el pito que había liado previsoramente antes de empezar el conjuro o lo que fuera aquello, y pregunté:
-¿Esto va en serio?
-Y tan en serio - contestó el diablo. -Para bromas estamos en el Infierno últimamente, con un volumen de trabajo que no para de crecer y el mismo personal de siempre, porque si quitamos media docena de ángeles de poca monta que se nos han pasado en los últimos milenios por mosqueos con el de Arriba, no hemos tenido incorporaciones desde la Rebelión que dio origen a este lío. Asì que vamos al negocio, que tengo una lista más larga que tu brazo sólo para hoy. Venta de alma estándar, ¿no es eso?
-Depende -balbucí, cayendo en cuenta, a pesar de la emoción del momento, de que era la primera vez en la vida en que podía estar razonablemente seguro de tener alma, fuera eso lo que fuera, y desde luego, la primera vez que alguien se interesaba por tan etéreo adminículo. -No tan deprisa. Explícame primero qué me das por ella y las condiciones del trato.
El tipejo dio un suspiro resignado, sacó un papel doblado y sucio por los bordes, me lo tendió con gesto de fastidio y soltó:
-Toma. Lee y acabemos de una vez, que es para hoy.
Leí. Leí y no di crédito a lo que allí decía. Y es que he tenido - aunque, justo es decirlo, en épocas más felices y prósperas- trabajos eventuales en mejores condiciones. Allí ponía, en negro sobre blanco y sin ninguna floritura:
"Yo, Roberto Fernández, terrícola ( de ahí deduje que el Infierno debe tener sucursales en otros planetas, y por tanto, que hay vida extraterrestre), en plena posesión de mis facultades mentales y sin coacción alguna, vendo mi alma al Diablo por toda la eternidad, a cambio de una nómina fija de 945 euros al mes, en catorce pagas, libres de impuestos, y revalorizables en función del IPC, a percibir entre los días 1 y 5 de cada mes, durante todo el tiempo que dure mi vida."
O sea, que nada de millones en Suiza, cuerpo de gimnasio, rubias en bolas de cinco en cinco ni deportivos rojos en el garaje. Nada de jet privado con azafata presta a servir martinis fríos y chuparme la polla mientras los saboreo. Nada de larga vida garantizada entre manjares exóticos y follanzas con menores, estilo Berlusconi. Una mierda de trato. Una verdadera mierda, incluso en tiempos duros. Incluso para la mierda de alma de una mierda de tipo como yo.
-Esto no lo firma mi menda ni harto de vino -dije mirando al Satanás de pacotilla desde mis ciento sesenta y ocho centímetros de altura.
Belcebú o como se llamara se encogió de hombros, recuperó el contrato y se lo metió en el bolsillo mientras me observaba con algo parecido a la lástima.
-Pues lo que tú digas, genio. Lo que tú digas y como tú lo quieras. A mí me da lo mismo que lo tomes o lo dejes. Sabrás que, tal y como están las cosas hoy en día, y peor que se van a poner ya mismo, la gente se mata por vender su alma, la de su madre y la maltrecha virginidad de su hermana, por un contrato peor que este. Están las almas muy devaluadas, por el asunto de la oferta y la demanda, y ya han pasado hace rato, si es que alguna vez existieron, los tiempos de los grandes pactos de la literatura. Eso, sin contar que se trataba de almas de mejor calidad que la tuya. Así que toda para tí. Para tí, se entiende, por una temporada, porque un tipo como tú ni tiene cara de ir a vivir mucho ni, cuando se muera, tiene una maldita posibilidad de ir a otro sitio que no sea el Infierno. ¿O tú te piensas que el de Arriba va a ir recogiendo a cabroncillos de tu estilo? ¿De verdad te has creído alguna vez capaz del esfuerzo continuado y mastodóntico que cuesta agenciarse una plaza en el Cielo? Eres carne de Averno, desgraciado, y tu alma acabará en las garras del Patrón firmes o no firmes el contrato. Así que si prefieres regalársela de balde, tú mismo. Yo me voy a ver al siguiente, que llevo el día muy retrasado y tengo cola.
Casi no me dio tiempo de agarrarlo por el faldón de la gabardina antes de que se esfumara a través de la puerta. Y es que tenía razón, el muy jodido. Tanta razón tenía que de pronto me había entrado una prisa loca por echar la firma, y además se me debía notar en la cara, porque el tipo, sin gastar más palabras, sacó en contrato de un bolsillo y una pluma afilada, de las de antes, del otro.
-El brazo -ordenó con voz de aburrimiento. Y procedió sin más a clavar la punta de la pluma en una vena para tendérmela mojada en sangre.
-Firma.
Y firmé.
-Asunto concluído, entonces. Te mando por correo fotocopia del contrato. Para cobrar, aquí tienes un número de cuenta. De Bankia, que es la entidad con la que hacemos negocios en esta parte del mundo. Para dudas o problemas, te dejo mi correo electrónico en esta tarjeta, aunque más te vale no molestarme por chorradas. Y, como me parece que ya está todo hablado, me voy a mis asuntos y te dejo a tí con los tuyos.
Y se fue.
Han pasado seis meses desde entonces, y yo sigo con mi mierda de vida, aunque tengo que reconocer, sobre todo cuando miro alrededor, que la paguita, que me llega religiosamente, me está sacando de apuros en tiempos de mucha dificultad.
Desde luego, no le he contado a nadie nada de la visita del belcebú, ni del origen del dinerillo que disfruta un parado como yo. La verdad es que nadie ha preguntado, pero, por si las moscas, tengo preparado un cuento sobre una supuesta jubilación por enfermedad.
Por si queréis saberlo, sigo sintiéndome una mierda de tío, y lo que es peor, una mierda de tío mantenido por el diablo.
Pero miedo al infierno, lo que se dice miedo, no le tengo.
El Infierno no puede ser peor que esta mierda de vida.

(A.S.: Los cuentos de la Sombra)