Para mí, sentirme un mierda no era ninguna novedad, pero lo de aquella noche era demasiado incluso para un tipo como yo. Demasiado bajo. Demasiado cutre. Demasiado jodidamente gris, vulgar y miserable. Demasiado...desesperanzador. Y no es que hubiera puesto muchas esperanzas en el anuncio, pero tengo que confesar que cuando lo vi, escondido en las páginas interiores de uno de esos periódicos que se reparten gratis en el metro, se me encendió, no sé por qué, una lucecita allá por los adentros, y supe que lo intentaría.
"Pactos con el diablo. Para los que no tienen nada que perder", decía el puñetero anuncio, y a continuación, unas cuantas frases en un idioma ciertamente endiablado, y unas breves instrucciones: Había qie leer aquel galimatías tres veces seguidas, a la luz de una vela y justo después de la media noche de un viernes.
Lo hice. Por Dios que lo hice, sintiéndome ridículo y seguro de que no iba a pasar nada. Pero es que si había en toda les ciudad un tío que no tuviera nada que perder, ese era yo. Yo. El puto amo de los perdedores certificados cum laude. Pobre. Feo. Sin novia. Sin curro. Sin futuro. Sin ganas de hacer nada que no fuera tumbarme en la cama a fumar y pasearme por el facebook, mientras me duraran los datos del møvil. Yo. El señor absoluto de los nadies and co. El rey de los imbéciles de todos los extrarradios de este mundo. Yo, Roberto Fernández, para lo que gusten mandar.
Asì que guardé el mugriento papel, y el primer viernes que me vino a mano, a las cero horas, me encerré en mi cuarto de piso compartido, encendí una vela del chino y, sintiéndome varios grados más capullo de lo normal, leí tres veces lo que allí ponía y esperé a ver que pasaba.
Y pasó. No sé cómo, pero pasó. Pasó que apareció, como atravesando la puerta cerrada con pestillo -no iba a dejar yo que un colega entrara de pronto y me pillara en plena misa negra- el fulano más corriente que se pueda uno echar a la cara. Parecía, Dios me perdone, un cruce de Montoro sin chulería, con una versión sin gracia de José Mota. Y dijo ser el diablo. Bueno, no exageremos. El Diablo con mayúsculas no iba a moverse de su sulfúrea poltrona para venir a sellar un pacto de tercera regional como el mío. Un diablo. Un pobre diablo de a pie. Un diablejo de tres al cuarto, adecuado para una situación de tres al cuarto y medio pelo como la corriente.
A pesar de lo poco impresionante del personaje, me impresioné. A fin de cuentas, había venido de la nada, el gachó, atravesando paredes como si estuviéramos en un video de Cuarto Milenio, de esos con música de meter miedo.
Pero, con cague y todo, y bien cagado que estaba, el hijo de mi madre aprendió de pequeñito, en los futbolines del peor barrio del hemisferio Norte, que poner jeta de matón es más rentable, en términos de hostias, que dejar que asome la cara de susto, así que me puse derecho, encendí el pito que había liado previsoramente antes de empezar el conjuro o lo que fuera aquello, y pregunté:
-¿Esto va en serio?
-Y tan en serio - contestó el diablo. -Para bromas estamos en el Infierno últimamente, con un volumen de trabajo que no para de crecer y el mismo personal de siempre, porque si quitamos media docena de ángeles de poca monta que se nos han pasado en los últimos milenios por mosqueos con el de Arriba, no hemos tenido incorporaciones desde la Rebelión que dio origen a este lío. Asì que vamos al negocio, que tengo una lista más larga que tu brazo sólo para hoy. Venta de alma estándar, ¿no es eso?
-Depende -balbucí, cayendo en cuenta, a pesar de la emoción del momento, de que era la primera vez en la vida en que podía estar razonablemente seguro de tener alma, fuera eso lo que fuera, y desde luego, la primera vez que alguien se interesaba por tan etéreo adminículo. -No tan deprisa. Explícame primero qué me das por ella y las condiciones del trato.
El tipejo dio un suspiro resignado, sacó un papel doblado y sucio por los bordes, me lo tendió con gesto de fastidio y soltó:
-Toma. Lee y acabemos de una vez, que es para hoy.
Leí. Leí y no di crédito a lo que allí decía. Y es que he tenido - aunque, justo es decirlo, en épocas más felices y prósperas- trabajos eventuales en mejores condiciones. Allí ponía, en negro sobre blanco y sin ninguna floritura:
"Yo, Roberto Fernández, terrícola ( de ahí deduje que el Infierno debe tener sucursales en otros planetas, y por tanto, que hay vida extraterrestre), en plena posesión de mis facultades mentales y sin coacción alguna, vendo mi alma al Diablo por toda la eternidad, a cambio de una nómina fija de 945 euros al mes, en catorce pagas, libres de impuestos, y revalorizables en función del IPC, a percibir entre los días 1 y 5 de cada mes, durante todo el tiempo que dure mi vida."
O sea, que nada de millones en Suiza, cuerpo de gimnasio, rubias en bolas de cinco en cinco ni deportivos rojos en el garaje. Nada de jet privado con azafata presta a servir martinis fríos y chuparme la polla mientras los saboreo. Nada de larga vida garantizada entre manjares exóticos y follanzas con menores, estilo Berlusconi. Una mierda de trato. Una verdadera mierda, incluso en tiempos duros. Incluso para la mierda de alma de una mierda de tipo como yo.
-Esto no lo firma mi menda ni harto de vino -dije mirando al Satanás de pacotilla desde mis ciento sesenta y ocho centímetros de altura.
Belcebú o como se llamara se encogió de hombros, recuperó el contrato y se lo metió en el bolsillo mientras me observaba con algo parecido a la lástima.
-Pues lo que tú digas, genio. Lo que tú digas y como tú lo quieras. A mí me da lo mismo que lo tomes o lo dejes. Sabrás que, tal y como están las cosas hoy en día, y peor que se van a poner ya mismo, la gente se mata por vender su alma, la de su madre y la maltrecha virginidad de su hermana, por un contrato peor que este. Están las almas muy devaluadas, por el asunto de la oferta y la demanda, y ya han pasado hace rato, si es que alguna vez existieron, los tiempos de los grandes pactos de la literatura. Eso, sin contar que se trataba de almas de mejor calidad que la tuya. Así que toda para tí. Para tí, se entiende, por una temporada, porque un tipo como tú ni tiene cara de ir a vivir mucho ni, cuando se muera, tiene una maldita posibilidad de ir a otro sitio que no sea el Infierno. ¿O tú te piensas que el de Arriba va a ir recogiendo a cabroncillos de tu estilo? ¿De verdad te has creído alguna vez capaz del esfuerzo continuado y mastodóntico que cuesta agenciarse una plaza en el Cielo? Eres carne de Averno, desgraciado, y tu alma acabará en las garras del Patrón firmes o no firmes el contrato. Así que si prefieres regalársela de balde, tú mismo. Yo me voy a ver al siguiente, que llevo el día muy retrasado y tengo cola.
Casi no me dio tiempo de agarrarlo por el faldón de la gabardina antes de que se esfumara a través de la puerta. Y es que tenía razón, el muy jodido. Tanta razón tenía que de pronto me había entrado una prisa loca por echar la firma, y además se me debía notar en la cara, porque el tipo, sin gastar más palabras, sacó en contrato de un bolsillo y una pluma afilada, de las de antes, del otro.
-El brazo -ordenó con voz de aburrimiento. Y procedió sin más a clavar la punta de la pluma en una vena para tendérmela mojada en sangre.
-Firma.
Y firmé.
-Asunto concluído, entonces. Te mando por correo fotocopia del contrato. Para cobrar, aquí tienes un número de cuenta. De Bankia, que es la entidad con la que hacemos negocios en esta parte del mundo. Para dudas o problemas, te dejo mi correo electrónico en esta tarjeta, aunque más te vale no molestarme por chorradas. Y, como me parece que ya está todo hablado, me voy a mis asuntos y te dejo a tí con los tuyos.
Y se fue.
Han pasado seis meses desde entonces, y yo sigo con mi mierda de vida, aunque tengo que reconocer, sobre todo cuando miro alrededor, que la paguita, que me llega religiosamente, me está sacando de apuros en tiempos de mucha dificultad.
Desde luego, no le he contado a nadie nada de la visita del belcebú, ni del origen del dinerillo que disfruta un parado como yo. La verdad es que nadie ha preguntado, pero, por si las moscas, tengo preparado un cuento sobre una supuesta jubilación por enfermedad.
Por si queréis saberlo, sigo sintiéndome una mierda de tío, y lo que es peor, una mierda de tío mantenido por el diablo.
Pero miedo al infierno, lo que se dice miedo, no le tengo.
El Infierno no puede ser peor que esta mierda de vida.
(A.S.: Los cuentos de la Sombra)