Luna y encina

Luna y encina
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martes, 7 de julio de 2015

De soledad y cucarachas

Fueron las cucarachas las que la hicieron consciente de que estaba sola. De que no había, ni en su casa ni en su vida, un hombre que acudiera al rescate y las matara por ella cuando se dejaban ver por la cocina, en la humedad caliente del verano.
Como tantas otras mujeres, odiaba hasta el límite de la fobia a esos insectos grandes, de caparazones traslúcidos de un negro rojizo, que corrían a ocultarse en rincones ignorados cuando se encendía la luz. Las odiaba tanto que llegaba a tener miedo, durante los meses de calor, de entrar en la cocina por las noches.
Hasta ese momento, sin embargo, siempre había habido quien, de mejor o peor grado, acudiera a sus gritos de socorro y se encerrara a solas con el bicho, mientras ella aguardaba fuera, temerosa y asqueada, preguntándose cómo iba a hacer al día siguiente para limpiar, guisar y, lo que era peor, comer, sin estar segura de por dónde había pasado el animal. Y estaba dispuesta a tolerar las ínfulas de superioridad masculina y a permitir al macho cazador utilizar el asunto como pretexto para pequeñas venganzas, aguantando burlas, malos humores, protestas y acusaciones de debilidad e histeria, con tal de ahorrarse el trance de la confrontación.
Pero ahora no había un hombre a su costado. Ella lo había decidido así, después de mucho, muchísimo dolor, y dudas, y batallas terribles contra temores más profundos y oscuros que los que le provocaban las cucarachas.
Y allí estaba aquella madrugada tórrida de julio, sola en la casa, afrontando el hecho de que tenía que elegir entre matar sin ayuda al monstruo descubierto corriendo por un costado de la nevera al acercarse a tomar un poco de agua fresca, o dejarlo huir, y esconderse y multiplicarse en alguna atestada guarida cuyo solo pensamiento bastaba para provocarle náuseas.
Y decidió matar a la cucaracha. No podía permitirse salir a buscar el insecticida, corriendo el riesgo de que el bicho desapareciera en el intervalo, y no podía soportar la idea de tirarla al suelo de un manotazo y tratar de pisarla luego. Así que trasteó con las manos a la espalda, sin dejar de mirar al insecto que permanecía quieto en un rincón en sombras de la superficie blanca, hasta encontrar el mango de la escoba que solía guardar detrás de la puerta.
Nunca supo cómo consiguió derribarla, y perseguirla a golpes perdiéndola y encontrándola, creyéndola muerta para volver a verla correr, hasta que terminó con ella, exhausta y temblorosa, y soltó la escoba para vomitar violentamente en el fregadero.
Sola, en la cocina silenciosa, frente a la cucaracha muerta.
Para hacer, por sí misma, todo lo que hubiera que hacer.

(A.S.: Los cuentos de la Sombra)

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