Había conocido el amor en un sueño tan pleno, tan vívido y perfecto, que se llevó consigo, por comparación, todo el color del resto de su vida.
El sueño de una noche sola, honda y eterna, del que emergió sabiendo con certeza, como se saben estas cosas, que todo lo importante, lo hermoso y lo profundo que le correspondiera en suerte había empezado y acababado de consumarse en esas horas, o semanas, o años comprimidos entre la medianoche y el alba de ese día.
Siguió viviendo, y nunca, ni una sola vez, trató de revivir, en sueños ni despierta, la textura de aquéllo que conoció, que conoció con cuerpo, corazón, alma y entrañas, en un único trago poderoso.
(A.S. Los cuentos de la sombra)
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